Resumen
En los últimos años, nuestro país, siguiendo una tendencia global, ha experimentado un cambio de paradigma en materia de generación y uso de energía. El creciente impulso hacia energías “limpias” o renovables responde, en gran medida, a la urgencia de enfrentar el cambio climático, cuyos efectos se han intensificado de manera inédita en el planeta en estos últimos años. Esta preocupación no solo ha movilizado a la comunidad internacional, sino que también ha movilizado a gobiernos a nivel local, dando forma a planes y estrategias que buscan reducir la dependencia de combustibles fósiles, las emisiones de gases efecto invernadero y potenciar fuentes de energía más sustentables.
Chile, respaldado por condiciones climáticas favorables y su aspiración de convertirse en un referente regional en la materia, ha tomado un rol de vanguardia en la implementación de políticas que fomentan estas nuevas fuentes energéticas. La energía solar, por ejemplo, ha florecido en el extenso Desierto de Atacama, donde la radiación es una de las más altas del mundo1. A ello se suman los proyectos hidroeléctricos y, más recientemente, el desarrollo de la energía eólica, la cual ha encontrado en ciertas zonas del país, especialmente en el norte y en las zonas costeras, un gran potencial gracias a la fuerza constante de los vientos. Esto, permitiría un excelente desarrollo de proyectos relacionados a energías renovables, lo que no solo tiene el potencial de mejorar la calidad de servicios básicos, como la electricidad, requerida por la población que cada año aumenta, sino que de la misma forma ofrece una oportunidad de creación de empleos y crecimiento económico.