Resumen
Durante el siglo XX, la Constitución chilena de 1925 separó la Iglesia del Estado, momento desde el cual puede considerarse a Chile como un país laico. Sin embargo, solamente hacia las últimas décadas del siglo existió un declive entre quienes se declaran católicos, identidad religiosa que ha predominado históricamente en el territorio nacional (Valenzuela, Bargsted & Somma, 2013). Este descenso en la identificación católica ha permanecido hasta hoy, pero esto no ha borrado la influencia del catolicismo en las percepciones que las personas tienen de lo que es considerado correcto y lo que no. En este sentido, aunque la religión no posee una posición explícita dentro del sistema gubernamental que le permita ejercer poder, ha encontrado, y encuentra constantemente, otras maneras de ejercer su influencia a través de mecanismos más sutiles.
Si bien el catolicismo es una corriente religiosa profundamente arraigada en la sociedad chilena, existen algunas congregaciones específicas de esta rama del catolicismo surgidas en la década de los 60 que se encuentran estrechamente vinculadas con la élite: el Opus Dei, los Legionarios de Cristo y el Movimiento Apostólico de Schoenstatt (León Porath, 2013). Los estudios sociales en Chile en torno a estos movimientos, de por sí ya escasos, se han enfocado principalmente en los dos primeros por su mayor influencia entre la élite (León Porath, 2013), lo que ha relegado al tercero a pasar más desapercibido en la investigación social. Su vínculo con la élite, sin embargo, no es por esto más débil. Baste con señalar, por ejemplo, la participación de la familia del actual presidente del país, Gabriel Boric, en el movimiento, así como la de su contrincante en las elecciones de 2021, José Antonio Kast.