Los episodios de violencia escolar que han marcado la agenda pública en el último tiempo en Chile son inquietantes. Frente a ello, han proliferado propuestas centradas en retomar el control sobre los y las estudiantes: detectores de metales en los establecimientos, sanciones más duras o mecanismos para responsabilizar penal o civilmente a las familias por las acciones de sus hijos e hijas. El problema es que estas respuestas parecen asumir que la violencia escolar es un fenómeno que surge de la laxitud de la norma en la escuela o la familia y que puede resolverse endureciendo sus mecanismos de vigilancia.

La obra La mala clase de Luis Barrales invita a mirar el problema desde otro lugar. Ambientada en un liceo público, momentos antes de una licenciatura a la que no todos los estudiantes podrán acceder, la obra muestra a cuatro jóvenes y una profesora atrapados en una trama de frustraciones, desigualdades y expectativas rotas. La violencia que emerge allí no aparece como un hecho excepcional; es la consecuencia de múltiples violencias acumuladas: sociales, económicas, simbólicas y afectivas. La tensión que la obra evoca entre docente y estudiantes aparece como un síntoma de la violencia estructural que producen las desigualdades económicas, sociales y educacionales que frustran sus respectivos anhelos.

Quizás esa sea una de las preguntas más incómodas que plantea la obra y que hoy debiéramos hacernos como sociedad: ¿qué esperamos encontrar dentro de las escuelas cuando la violencia atraviesa crecientemente la vida cotidiana fuera de ellas? Niños, niñas y adolescentes crecen en entornos marcados por la violencia urbana, la hostilidad de las redes sociales, la agresividad del debate público y discursos que convierten a migrantes, mujeres o minorías en objeto de sospecha o desprecio. Las escuelas no existen en el vacío; están emplazadas en comunidades concretas e, inevitablemente, muchas veces reflejan los modos de convivencia que predominan en ellas.

Sumado a esta violencia cotidiana, estudios como los realizados por el Observatorio Niñez de la Fundación Colunga (2025) muestran que las nuevas generaciones enfrentan una profunda crisis de salud mental. Sentimientos de soledad, ansiedad, desesperanza y desconexión aparecen con creciente frecuencia entre los jóvenes. Sin embargo, contamos con cada vez menos espacios de encuentro significativo. La escuela, que históricamente fue uno de los principales lugares de socialización y construcción de vínculos, parece haber perdido parte de su legitimidad como espacio donde vale la pena estar, conversar.

¿Qué hacer frente a este escenario? La obra nos da luces de que la violencia en la escuela echa raíces fuera del espacio escolar: en la desigual distribución de recursos y poder. Y que confrontarla requiere comprender y actuar sobre estas desigualdades, pero también escuchar a las mismas comunidades escolares, con sus propias realidades territoriales, sociales y culturales. En La mala clase, los estudiantes desconfían de la institución, de sus reglas y de las promesas que la educación les ofrece. La profesora, por su parte, intenta sostener una idea de educación que parece erosionarse frente a sus propios ojos. La violencia surge en los insultos o las amenazas, pero también en la sensación compartida de que el sistema ha dejado de ofrecer horizontes de sentido. La violencia que vemos hoy en las aulas no es únicamente un problema escolar. Es también un espejo incómodo de la sociedad que hemos construido.