No son pocas las advertencias que se escuchan sobre el estado de la democracia chilena. A pesar de la regularidad institucional, el hastío se propaga en la vida del sistema político, y se aprecia su incapacidad para resolver los problemas mayores que enfrenta la sociedad. La ineficacia para responder a la emergencia climática iguala a la ineptitud para proveer seguridad, por reimpulsar la educación pública o mejorar las pensiones. Medidas puramente simbólicas -sacar los militares a la calle-, o parciales -evitar la fragmentación en lugar de procurar legitimidad- embriagan la discusión pública.

Jorge González Lohse, El Norte es el Sur (Óleo sobre cartón entelado)(Gentileza Isabel Croxatto Galería)
Jorge González Lohse, El Norte es el Sur (Óleo sobre cartón entelado)
(Gentileza Isabel Croxatto Galería)

En este contexto, no es sorprendente que Chile haya sido incapaz de establecer cimientos para resolver problemas históricos, como el de la convivencia con los pueblos originarios. Con varios fracasos constituyentes consecutivos, se ha deteriorado la posibilidad que tendría el reconocimiento jurídico como herramienta para reconstruir la convivencia. La política pública en estos temas es demasiado opaca como para ser un sucedáneo.

En tanto, estamos cautivos de un debate ultraideologizado entre quienes sostienen una imagen hipereuropea del país, por un extremo, versus nostálgicos de tiempos precoloniales por el otro, cuestión bien matizada o ya superada en otros rincones de las Américas. Anquilosados creyentes en la idea de que un mestizaje disolutivo de lo indígena, que se han multiplicado, versus unos pocos, pero renuentes partidarios del esencialismo de la resistencia, ambos lejos de la realidad cotidiana de nuestra convivencia.

Creo que la convivencia cotidiana es bastante distinta a los términos de esa discusión de sordos. Si bien circulan discursos estigmatizantes, creo que es un error pensar que están tan arraigados. Están bien anidados en la élite, pero la convivencia cotidiana está marcada por una presencia amplia de los indígenas. La mayor parte de los indígenas viven en las ciudades interactuando con los demás ciudadanos. Casi todas las familias —salvo en la endogamia de la élite- tienen en Chile miembros indígenas y no indígenas. No vivimos separados, ni siquiera en zonas rurales, sino en fuertes lazos con vecinos, amigos, parientes, indígenas y no-indígenas. Más allá de la presencia física, crece la presencia simbólica, el interés por las culturas originarias, por sus valores, espiritualidad y perspectivas.

Lo que sucede es que, pese a esta evidente convivencia, las personas indígenas tienen menos poder en la sociedad y están afectados por los peores indicadores. Esto se debe a que no hemos logrado elevar a una normalidad jurídica y política de reconocimiento, algo que en la cotidianidad de nuestra vida ya es normal.

Consultas indígenas

No vivimos aislados, no estamos en una sociedad abigarrada, de realidades heterogéneas yuxtapuestas, como señalaron René Zavaleta y (…)

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