Cuando Alejandra Luneke, doctora en Sociología y magíster en Desarrollo Urbano comienza un nuevo semestre académico, les plantea una pregunta a sus alumnos y alumnas: ¿Cómo viven la ciudad? El resultado siempre es el mismo: los hombres salen de noche, sin miedo y casi sin analizar ningún eventual riesgo. Las mujeres, en cambio, cuentan que realizan una serie de prácticas para prevenir desde delitos hasta posibles situaciones de acoso.

“Lo que más cuentan las estudiantes es que se mandan la ubicación en tiempo real, se mueven en grupo cuando toman Uber y se escriben avísame cuando llegues. Con las amigas, ellas generan verdaderos sistemas de cuidado. Los compañeros quedan así plop, y les dicen: mentira que haces todo eso para salir de tu casa”, relata la académica del Departamento de Sociología de la Universidad Alberto Hurtado e investigadora del Centro de Estudios de Conflictos y Cohesión Social (COES) y del Centro de Desarrollo Urbano Sustentable UC – UdeC.

Eso, que Alejandra lleva haciendo por más de siete años en su curso de Género, Violencias y Ciudad, no se trata de un mero ejercicio situacional, sino que da cuenta de cómo las diferencias de género influyen en la experiencia urbana y en la movilidad pública. De acuerdo a datos de Ipsos, publicados en abril, 6 de cada 10 mujeres en Chile han dejado de salir, viajar o conducir solas por la inseguridad en el país.

Así, un 90% se siente siempre o casi siempre insegura cuando camina de noche, 78% insegura cuando toma transporte público, y un 77% insegura cuando va hacia el trabajo y/o lugar de estudio. Como consecuencia, un 41% ha dejado de usar ropa que -según el sondeo- podría ser considerada como “provocativa”, un 39% sostiene que evita tomar transportes por aplicación a causa del miedo a viajar con un desconocido y un 26% indica el uso de aparatos de defensa personal, como el spray pimienta.

“Esta encuesta viene a confirmar datos a nivel internacional donde las mujeres reportan más temor frente al delito que los hombres”, dice Luneke y agrega: “Aunque los índices de delitos o criminalidad objetiva en nuestro país son comparativamente más bajos que los de otros lugares como Brasil o México, se ha visto en las investigaciones que las chilenas reportan mayor temor que sus pares en dichas zonas”.

– La encuesta Ipsos muestra un aumento en casi todos los indicadores de sensación de inseguridad pública respecto a 2020. Eso considerando también las medidas que las mujeres toman para poder evitarla. ¿Qué explica el incremento de las cifras?

– Dentro de los factores que explican el temor al delito y la percepción de sentirse insegura en la calle, hay algunos individuales y otros de carácter social que tienen que ver con la confianza en los otros y las instituciones. ¿Me siento protegida por el Estado en materia de seguridad? ¿Conozco a mis vecinos? ¿Confío en ellos? En Chile, esos niveles de cohesión social han ido decreciendo. Además, hay variables del entorno: la calidad del equipamiento, la falta de iluminación, el deterioro urbano. Todo eso incide en la percepción de inseguridad, sumado al consumo de noticias de carácter policial. Si bien siempre Chile ha reportado esta brecha entre la dimensión objetiva y subjetiva de la criminalidad, hoy ésta es más alta, y en las mujeres es mayor. Y ahí la existencia de la noticia con el concepto de la ‘crisis de seguridad’ o ‘crimen organizado’ suma otra capa, aunque no es el único factor que explica este sentimiento.

– Que 6 de cada 10 mujeres en Chile haya dejado de salir no es una cifra menor. ¿Cómo ellas están viviendo y transitando por la ciudad hoy?

– Los estudios de movilidad en general muestran que las mujeres tienden a moverse menos que sus pares masculinos en la ciudad, en tiempo y espacio. Es decir, sus trayectos son más cortos en distancias físicas y pasan menos horas en lo público. Eso tiene que ver con las brechas de género.

La inseguridad golpea o moldea esas prácticas. O sea, se ha visto que en condominios de vivienda social, por ejemplo, las mujeres arreglan las escaleras de los edificios para que los niños jueguen porque no quieren que ellos salgan al espacio público. Se trata de un efecto sustantivo, e incide tanto en la confianza interpersonal, es decir, en cuánto se confía en el otro; y también en las prácticas cotidianas que las mujeres desarrollan.

– ¿En qué sentido?

– En noviembre del año pasado, con el Centro de Desarrollo Urbano Sustentable y el Instituto IDAES de la Universidad de San Martín, hicimos un estudio espejo entre Buenos Aires y Santiago con mujeres jóvenes, donde encontramos un mayor miedo a moverse por parte de las chilenas en relación a las argentinas, aún cuando los indicadores de criminalidad eran bastante similares en las dos ciudades.

A diferencia de Buenos Aires, -con mi colega, Brenda Focas- descubrimos que aquí hay una transmisión intergeneracional del miedo. Es decir, cuando les preguntábamos cómo se informaban o qué hacían frente al miedo, las chilenas decían que desde muy pequeñitas sus madres y sus abuelas les enseñaban a cuidarse en los espacios públicos, elemento que no salió tan contundentemente en las argentinas. Es un hallazgo que no esperábamos.

Además, en el caso de las chilenas, el despliegue de micro-prácticas para moverse y protegerse ante la inseguridad era mucho más variado y diverso, ya sea a través de métodos defensivos, como enrejar la casa o comprar spray pimienta o evitativos, como no ir a ciertos lugares.

– ¿Hay grupos de mujeres que tengan una mayor afectación en relación a los efectos de la inseguridad?

– La evidencia dice que quienes tienen mayores índices de temor son las mujeres pobres y mayores. Lo curioso es que en Chile en los últimos dos o tres años, eso se ha ido trasladando a las más jóvenes, especialmente de grupos socioeconómicos altos. Una posible explicación a esto es que cuando se tematiza el acoso, por ejemplo, como problema público, tú te haces más consciente. Si bien este tipo de prácticas siempre ha existido, hoy las mujeres están más alerta frente a estas situaciones, lo que genera una mayor disposición a identificarlas.

– ¿Qué consecuencias genera la inseguridad en la movilidad urbana de las mujeres?

– Dejas de salir de noche e ir a determinados lugares porque te da miedo hacerlo a ciertas horas. Eso es una vulneración al desarrollo pleno de las personas, porque el derecho a la ciudad, y por tanto, a la vida, se ve restringido. En el fondo, el espacio privado se configura como lo seguro y lo público como lo inseguro.

Además, inviertes mucho más tiempo, preocupación y recursos, en prácticas asociadas a la seguridad. Por ejemplo, tienes que conseguir que alguien te vaya a buscar al paradero de micro en la noche. En el estudio Santiago-Buenos Aires, las chicas nos contaban que si el papá o el hermano no podía ir a buscarlas, ellas se quedaban en la universidad hasta más tarde. Eso es una agencialidad que también es costosa.

Al final, las mujeres hacen verdaderas planificaciones para poder salir. Eso atenta contra el bienestar subjetivo, y restringe el tiempo de ocio y diversión. Además, disminuye los contactos sociales y aumenta el temor a los otros, lo que tiene un efecto en la cohesión social a una escala mayor.

– ¿Nos podemos volver a apropiar del espacio público sin perpetuar la narrativa del temor aún siendo conscientes de la realidad en relación a la seguridad pública?

Para prevenir, creo que las personas ya hacen lo suficiente considerando especialmente estos agenciamientos y micro-prácticas que realizan las mujeres jóvenes. Pero a escala de barrios, lo que se denomina como prevención situacional del delito, no solo sirve para disminuir las infracciones, sino también la percepción de inseguridad. Esto implica un cuidado social que invita a tener un espacio bien cuidado, embellecido, iluminado, ordenado, con poca concentración. El concepto que se usa en urbanismo es que las calles sean completas para que las personas puedan transitar, moverse y caminar de manera segura.

También hay experiencias internacionales que muestran, por ejemplo, la importancia de hacer un diseño de barrios considerando metodologías participativas. Canadá es una muy buena experiencia porque en ciudades como Vancouver, desde hace 20 años se realizan caminatas para identificar cuáles son los factores que inciden sobre el miedo. Con esa información, los municipios se hacen cargo. En esos ejercicios han descubierto que ciertos diseños laberínticos producen mayor propensión al acoso y violación. Lo mismo ocurre con las calles cuando hay un muro ciego. Entonces es clave hacer diagnósticos para el espacio público con perspectiva de género.

Lee la entrevista en La Tercera.