¿Cómo viven las mujeres tras salir de la cárcel? ¿Cuáles son los obstáculos y consecuencias que deben enfrentar? ¿Y cómo cambian sus trayectorias laborales cuando se incluye el delito como una posibilidad para generar ingresos cuando ya han estado en la cárcel? Son algunas de las preguntas que aborda la investigadora Pilar Larroulet, junto a los investigadores Sebastián Daza e Ignacio Bórquez en “From prison to work? Job-crime patterns for women in a precarious labor market”, artículo que destacamos en una nueva conmemoración del 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres.

Aunque representa un pequeño porcentaje de la población reclusa en Chile -menos del 10%-, el encarcelamiento femenino ha experimentado un aumento en las últimas décadas más significativo que el crecimiento entre los varones. Casi el 50% de las mujeres en prisión son condenadas por delitos de drogas, y aproximadamente el 38% por delitos NO violentos  contra la propiedad.

Al igual que en otros países de América Latina, las mujeres en Chile son encarceladas en su mayoría por «delitos con fines de lucro», provienen principalmente de comunidades desfavorecidas, son mayores y tienen más probabilidades de tener hijos que los hombres encarcelados. En la mayoría de los casos, las mujeres eran madres solteras a cargo de sus hijos al momento del encarcelamiento, y menos del 20% de sus hijos permanecían con su padre biológico durante la condena.

Empleo femenino después de la prisión

Encontrar y conservar un empleo es un indicador clave del éxito de la integración. Sin embargo, quienes salen en libertad experimentan barreras para obtener empleos de calidad dado el estigma asociado a sus antecedentes delictuales. Pilar Larroulet explica que : “Los estudios muestran que para las mujeres estos desafíos son aún mayores. Por un lado, la mujer que sale en libertad experimenta, en mayor proporción que el hombre, el doble desafío de buscar empleo mientras cuida de otros que dependen de ella, principalmente niños y adultos mayores. Por otro lado, las inequidades que aún existen en el mercado laboral en función del género se traduce en acceso a trabajos más precarios y peor pagados”.

¿Qué opciones tienen las mujeres después de la cárcel? Usando los datos del Estudio de Reinserción, Desistimiento y Reincidencia de Reclusas en Chile (RDFC), se describieron los patrones de empleo en  207 mujeres durante el primer año tras salir de prisión. El estudio distingue cuatro categorías laborales, que dan cuenta del mercado laboral disponible. La primera categoría considera trabajos por cuenta propia informales, como venta en la calle o en la feria. La segunda, trabajos por cuenta propia formales, es decir, independientes que pagan impuestos. Los últimos dos tipos se refieren a empleos dependientes; la tercera categoría es el trabajo dependiente informal, principalmente en labores de cuidado o aseo sin contrato ni seguridad social. La cuarta categoría agrupa empleos con contrato, la gran mayoría de los cuales se realizan en el área del aseo o construcción.

Uno de los primeros hallazgos muestra que el 67% de las mujeres informaron haber trabajado en algún momento durante los 12 meses posteriores a la liberación, con un promedio de 5 meses de trabajo. La mayoría, sin embargo, realizó trabajos por cuenta propia e informales, alrededor del 20%, mientras que las mujeres que señalan tener un empleo dependiente y formal, si bien aumentan en el tiempo, no alcanza el 10% . Esto sugiere que las mujeres no obtienen inmediatamente un trabajo formal después de su liberación y que se necesita más tiempo para conseguir esos puestos. 

En este sentido, se observa un alto nivel de estabilidad en todos los tipos de empleo. Más del 80% de la muestra permaneció en el mismo tipo de trabajo entre dos meses consecutivos. Las transiciones de empleos informales a empleos mejores –definidos como aquellos que brindan beneficios y mayor estabilidad de algún tipo– eran y siguen siendo muy improbables. 

La expectativa cultural del cuidado infantil, sumado al hecho de que gran parte de las mujeres encarceladas son sustentadoras de hogares monoparentales, lleva a que el empleo informal y por cuenta propia sean formas de conciliar la vida familiar y laboral. De hecho, la mayoría de las mujeres que se mantienen en una trayectoria de empleo informal por cuenta propia son madres, con un promedio de edad mayor, y nunca buscan otro tipo de empleo.

“Las barreras percibidas y experimentadas en el mercado laboral pueden empujar a algunas mujeres hacia el negocio del tráfico de drogas -una actividad generadora de ingresos altamente rentable y flexible para mujeres de bajos ingresos con responsabilidades domésticas-, mientras que empujan a otras hacia relaciones abusivas y económicamente dependientes, reduciendo sus posibilidades de una reinserción exitosa”, explican los investigadores/as.

Y profundizan: “Estas decisiones y sus consecuencias no solo afectan a su propio bienestar, sino que también pueden reproducir desventajas intergeneracionales, dado el impacto de la precariedad económica y la violencia doméstica en el desarrollo de sus hijos e hijas”.

¿Y qué pasa al considerar el delito como actividad económica? La literatura plantea que, dada la precariedad laboral que experimentan, las personas combinan trabajo legal con delito de manera de “llegar a fin de mes”. Sin embargo, al introducir el delito en el análisis, se observa que la proporción de mujeres que delinquen y trabaja solo llega al  5% cada mes, lo que indica que la duplicación (trabajo y la delincuencia) no un patrón predominante, a pesar de la precariedad laboral que caracteriza sus trayectorias. Entre las pocas mujeres que trabajan y delinquen, la transición más probable es hacia la delincuencia. Por lo tanto, si bien trabajar reduce las posibilidades de volver a caer en la delincuencia, la superposición entre trabajo y delincuencia va en la dirección opuesta.

Por otro lado, los análisis muestran que, al considerar el delito como otra fuente de ingreso, se distingue entre un grupo de mujeres (27%) que se mantiene delinquiendo a lo largo del período, de otro grupo de mujeres (36%) que permanece principalmente desempleada pero sin delinquir. Este último grupo concentra mujeres que podrían experimentar mayores barreras en el mercado laboral, por sus antecedentes delictuales o su poca experiencia laboral. Un porcentaje importante de ellas declara recibir apoyo de la familia para subsistir, pero deja una pregunta abierta sobre la necesidad de distinguir entre las distintas barreras al trabajo que podrían explicar las trayectorias observadas.

Para los autores, tener en cuenta la delincuencia “mejora nuestra comprensión de las pautas de empleo en el momento de la reinserción. Hasta hace poco, los criminólogos tendían a analizar el delito y el trabajo legal como comportamientos mutuamente excluyentes (…) pero el movimiento ubicuo entre los mercados laborales ilegales y legales puede explicar parte de la inestabilidad observada en el empleo en el momento del reingreso, ya que los individuos buscan formas adicionales de ‘llegar a fin de mes’”.