¿Cuál es la primera imagen que viene a su cabeza cuando escucha o lee la palabra narcotráfico? Tal vez los eventos de esta semana lo hagan pensar en Ecuador. Y en un contexto menos teñido por los hechos recientes, tal vez recuerde los carteles y sus liderazgos más conocidos, como Pablo Escobar o el Chapo Guzmán. O tal vez haga foco en Chile y piense en contextos de marginalidad urbana (“la pobla”), donde bandas con cada vez más poder de fuego pujan de modo violento por el control territorial de sus mercados locales. En los últimos años nos hemos ido acostumbrando a asimilar narcotráfico con crimen organizado y éste con la ocurrencia de homicidios. Crecientemente, además, asociamos la violencia y crimen organizado a la llegada de inmigrantes. Al observar la distribución geográfica de las causas por la Ley 20.000 en la Región Metropolitana, parece claro que el Estado (las fiscalías y las fuerzas de orden) comparten nuestros mismos sesgos. Desde esa perspectiva, el narcotráfico es microtráfico y, además, es violento y lo ejercen los pobres (y los migrantes).

En esta nota nos proponemos visibilizar algunos de los sesgos que hoy estructuran los discursos públicos sobre el narcotráfico en Chile. Aunque nos enfocaremos en dinámicas de microtráfico (el narcotráfico también involucra otras actividades y entre ellas varias más rentables que el mercado minorista), lo haremos recurriendo a un sondeo que realizamos tiempo atrás sobre la estructura del narcotráfico en sectores ABC1.

Dicho sondeo constó de poco más de una decena de conversaciones informales con micro-traficantes que provienen de algunos de los mejores colegios privados de Santiago y que hoy se encuentran estudiando en las universidades top del país. Se trata de una muestra predominantemente masculina, que se diferencia de lo que sucede en otros mercados de microtráfico los cuales se caracterizan por una mayor presencia femenina. En este sentido, son sujetos con buen poder adquisitivo que cursan carreras universitarias, principalmente ingeniería comercial, y que incursionan en el narcotráfico de una manera sustancialmente distinta a como lo hacen los narcos “de pobla”.

En línea con la experiencia internacional, una de las motivaciones usuales para iniciarse en el tráfico es la de financiar su autoconsumo (Scott y Wright 2020; Rafik y Fritsvold 2009).

“Cuando era más niño la hacía con mis amigos, les preguntaba si podíamos comprar juntos. Al principio compraba cantidades chicas para consumir nomas. Ya la primera vez en que compramos harto fue en 2017. Nos metimos harta gente para tener una gran suma. Después yo podía comprar solo” (NZ7, 2022).

No obstante, una proporción no menor de aquellos con quienes conversamos dice ver al microtráfico como una forma eficiente de acumular recursos para luego montar un emprendimiento (usualmente se refieren a una “start-up”) legal. La aspiración de convertirse en empresario exitoso y alcanzar cierta autonomía financiera resulta predominante en este grupo. A su vez, y también en línea con la evidencia disponible para otros casos de traficantes ABC1, la actividad también aparece en algunas narrativas como una forma de buscar la validación social en sus grupos de pares. Dicha validación está dada, en buena medida, por la capacidad de gastar y consumir, compartiendo en muchos casos con sus amigos.

La plata que ganaba me la echaba en otras hueas ¿cachai? Me compraba entradas para conciertos, recitales, me compraba mis cosas. Mucho tiempo tuve una mesada relativamente baja, no sé si baja, pero sólo me alcanzaba para cubrir. Estás todo el rato moviéndola, fumándola, ganando plata y así. Y otra huea que me ha pasao harto con hartos hueones, es para creerse choro nomás y se sienten bacán por vender y la huea” (NZ2, 2022).

La gran mayoría de los individuos con los que conversamos para esta investigación coincide a su vez con el estereotipo de un “zorrón”. La consolidación de la figura del zorrón es relativamente reciente, siendo mencionada de forma escaza y fragmentada en la literatura (Ganter et al, 2017; Brante y Montgomery, 2021; Jordana, 2021). En general, los zorrones son caracterizados como jóvenes de clases medias-altas y altas, con discursos que enfatizan la “mentalidad ganadora” y un culto al físico (Brante & Montgomery, 2021). También se los describe como estudiantes de carreras tradicionales (ingeniería, derecho, administración de empresas) y orientados a un consumo ostentoso de tecnología, ropa, o drogas (principalmente marihuana y otras relacionadas a la escena de la música electrónica). Por lo tanto, parte del mundo social del zorrón, se estructura en torno a fiestas a las que concurre un grupo socialmente homogéneo de jóvenes (Ganter, et al. 2017).

En suma, la figura del zorrón corresponde a la de un hijo de la élite, quien posee privilegios y estatus social que tiende a ostentar en su interacción con jóvenes de otros sectores sociales. Los zorrones, en buena medida, saben que la suerte corre a su favor. En el marco de este trabajo definimos a un narco-zorrón como a un zorrón que trafica drogas. La figura del narco-zorrón también debe ser entendida en el contexto de la profunda transformación cultural en curso. Dicha transformación tiene dos factores emergentes relevantes para la consolidación de la identidad del narco-zorrón en los últimos años: la masificación de las culturas populares, propias de los márgenes urbanos (la que se manifiesta, por ejemplo, en el éxito del trap chileno) y el reforzamiento de la figura del emprendedor individual como estereotipo del éxito y estatus social (Schild, 2007; Han, 2012; Araujo & Martuccelli, 2014).

El privilegio del que gozan los narco-zorrones queda de manifiesto en sus relatos sobre la interacción que (una minoría de ellos) han tenido con las fuerzas de orden. Estas narrativas expresan la conciencia de cierto privilegio del que usufructúan en su rol como narco-zorrones.

Llegaron los pacos y nos cacharon pasaó a pito y nos bajaron del auto. Este culiao [su amigo] andaba como un flaite culiao. Fue una paja la huea. Los pacos culiaos nos cacharon al toque y eran unos pendejos culiaos. Nos llevaron detenidos, nos humillaron, pero pal pico. Nos hicieron sacarnos la ropa, a mi amigo le pegaron. Nos robaron la plata más encima. A mí me robaron unas semillas y como 20 o 30 lucas en pockets. Los culiaos nos tuvieron detenidos como tres horas, después nos sacaron a dar una vuelta y al rato llegó mi vieja a buscarnos. Mi vieja es bonita, es rubia, ojos azules, es alta y la huea y los conchetumadres apenas la vieron bajaron el moño: ¡Ay! ¡Si señora!, hablando como hueones los pacos culiaos ¡Ah! pero una hora antes los culiaos: ¡Que huea si esta es mi comisaria! (…)” (NZ1, 2022).

Si llamaron al fiscal po hueon. Pero el fiscal les dijo, así como ya: “¿Qué hueá?” y estos hueones así́ como “No unos pitos y como 100 lucas”. Fue como: “Ah ya, qué huea” y quedó en nada. Como que el fiscal no los pescó, nos hicieron firmar una huea y fue como ya ándate”. (NZ1, 2022)

“Tengo un primo al que lo hueviaron. El banco lo cachó con muchas transacciones chicas. No chicas, pero 100, 100, 200, 50, 200. Le mandaron la huea impresa a la casa pidiendo explicaciones y tuvo que explicarle a su mamá que huea”. (NZ2, 2022)

Si tú ves a un tipo rubio, de ojos azules, con piercing dices ya, un joven universitario. Pero si ves una persona morena, metro 60 con un degradé, con un tajo en la cara vendiendo, dices ah ya, el hueón flaite”. (NZ7,2022)

“Vale pico, el control vale pico. Para nosotros, para mí categoría de vendedor no soy un problema siento yo. Los hueones que venden más arriba, el X probablemente sea un problema. ¿Sabí cuál es el tema de esta huea? Tení un riesgo muy bajo y un retorno muy alto, eso incentiva a vender a este nivel”.  (NZ2, 2022)

La alta incidencia del microtráfico en los sectores ABC1 no es, por supuesto, algo nuevo ni novedoso, sino que constituye, un dato de la causa. No obstante, y si bien no contamos con métricas que permitan establecer el tamaño del mercado, parece razonable asumir que se trata de una actividad que se ha expandido. Más allá de eso, resulta importante relevar las características de esta actividad y su configuración actual, para poner sobre la mesa los sesgos con que debatimos públicamente sobre el “narco” en Chile. En la próxima sección describimos las dinámicas de mercado emergentes en el tráfico ABC1. En la sección final, elaboramos una serie de implicancias respecto a la discusión pública sobre narcotráfico en Chile.

MERCADO COOPERATIVO, DIVERSIFICADO Y PACÍFICO

El contraste entre mercados que los narcozorrones describen como violentos o potencialmente peligrosos (el mercado de “la pobla” y el mercado de las discotecas) y el del microtráfico del que ellos participan apareció frecuentemente en nuestras conversaciones.

A mí no me gusta ir a las poblaciones porque encuentro que igual es como arriesgarse. (NZ7, 2022).

La mexicana sí [el robo entre traficantes], era un temor. Pero siempre me juntaba en lugares públicos para disminuir que fueran a robar, pero nunca pensé que podía ser algún infiltrado”. (NZ6, 2022)

Si eres de la pobla debe ser más seguro vender allá, pero si no eres… generalmente el que no es, no entraría, por un tema de seguridad. En cambio, el otro sí entraría, no le vería problema”. (NZ6, 2022)

Vendiendo arriba nunca hubo ningún problema, los que tuvieron problemas fue cuando vendieron más para abajo y les intentaron robar el auto o la mexicana. (NZ6, 2022)

No te voy a decir cómo es vender en una población, porque no sé. Pero si sé que si vivo en Ñuñoa y voy a un carrete en Las Condes y alguien me vende allá, yo me siento seguro porque digo que esta persona no me va a asaltar porque tiene plata. Ahora, imagínate que yo voy a carretear a una pobla donde están vendiendo y me ven la cara. El loco tiene todas para ganar, se lleva la plata, se queda con la mota… Entonces, la seguridad depende del barrio, eso igual es real”. (NZ7, 2022)

“Nunca me metí a vender pastis [se refiere a pastillas como el éxtasis, de importante circulación en discotecas y fiestas electrónicas], porqué son muy territoriales esos hueones. El XXX me dijo que eran muy territoriales en los sectores acomodados o en las discos. Son súper agresivos con las pastis. Porque está el cuico que vende pastis, pero también está el hueón brígido dentro de la disco”. (NZ2, 2022)

La consolidación y expansión de estas formas de mercado más pacífico y cooperativo de microtráfico tiene dos catalizadores recientes e íntimamente relacionados: la diversificación de productos y proveedores locales, junto a la disrupción tecnológica.

“Después de eso, a partir en la universidad comencé a hacer ‘porma’ [venta por mayor] con mi primo. Movíamos de dos formas. Una que te conseguías 500 lucas y el loco te dejaba a 3.000 el g [gramo] y luego vendías a 4.000 igual porma a tus amigos que te pasaban la plata y ganabas una luca por cada g. La otra era venderlo a 7 y al por menor que era más tediosa. Ahí moviendo por los grupos de whatsapp. Yo creé un grupo en mi universidad “fumanXXX”; yo estudié en la XXX [universidad de la cota 1000]. Lo creé con un perfil falso y luego con mi perfil real empecé a enviar invitaciones a los hueones que conocía, de ahí saqué mi grupo de clientes. Había otro grupo del cual saque mis proveedores, se llamaba ‘club de emprendedores’, ahí había ene personajes reconocidos que ahora veo dando charlas motivacionales en los colegios, que partieron ahí. Ahí tu preguntabas y te tiraban ofertas”. (NZ2, 2022)

La pandemia del COVID-19 apareció frecuentemente en nuestras conversaciones como un punto de inflexión respecto a la diversificación del mercado. Los narcozorrones más experimentados, por ejemplo, señalan que ahora ya no deben acudir a proveerse de producto a las poblaciones, indicando también, que dicha necesidad, previa a la pandemia, los ponía en una situación incómoda y eventualmente peligrosa.

En el caso de la marihuana, el cierre de las fronteras que vino con las restricciones de movilidad asociadas al manejo del COVID-19, parece haber contribuido a diversificar la oferta al punto que hoy se consiguen “manos” (producto) usualmente de fuera de Santiago (marihuana que se cultiva en el sur del país, o en quebradas en la zona norte) o desde invernaderos indoor desde una red relativamente abierta y diversa de productores locales. Esos productores locales, por ejemplo, levantan indoors en departamentos que arriendan “para uso habitacional”.

Al mismo tiempo, los narcozorrones con quienes conversamos también nos hablan de la creciente innovación desatada en el mercado de drogas sintéticas, al punto que algunos de ellos señalan estar “cocinando” sus propias “drogas de autor”, mezclando sabores y experimentando con sustancias como la ketamina y la morfina. Ambas sustancias provienen eventualmente de redes de proveedores que trabajan en el sector de la salud y la veterinaria, como también, de proveedores de materia prima internacionales. La producción local de hongos alucinógenos, así como el acceso a drogas sintéticas vía redes que las internan en pequeñas cantidades (por correo postal, por ejemplo) también ha diversificado la oferta. En una de nuestras conversaciones, hace ya un par de años, se mencionó también la posibilidad de realizar mezclas incorporando fentanilo, un producto cuyo auge en el norte global ha causado estragos en la salud de poblaciones que lo consumen.

La disrupción tecnológica más relevante tiene que ver con la difusión de las redes sociales y especialmente de los grupos de mensajería como medio en el que convergen oferta y demanda, con bajísimos costos de transacción y altos niveles de seguridad. Esta transformación “desterritorializa” el microtráfico, o más bien, hace posible que oferta y demanda converjan en el territorio digital. A diferencia de proveedores y microtraficantes sin amplias redes personales en el país (por ejemplo, migrantes que publicitan su oferta en redes abiertas como Grindr o Facebook e intercambian el producto mediante aplicaciones de delivery, -la diputada Ximena Ossandón subió un video en el que muestra lo fácil que es comprar droga en Grindr-), los narcozorrones operan en base a grupos cerrados de WhatsappTelegram o Signal. Las capturas de pantalla que incluimos a continuación ilustran el funcionamiento de esos grupos. Frente a la sospecha de que el grupo ha sido infiltrado, este se disuelve rápidamente mientras en paralelo se genera un nuevo grupo al que la red de contactos seguros recibe una invitación para sumarse.

Mediante este tipo de plataforma también se produce el intercambio entre narcozorrones y sus proveedores, el que se estructura de forma cooperativa más que en función de rivalidades y tratos de exclusividad. A modo de ejemplo, quien no tiene o no desea comercializar cierto producto, sugiere a “colegas” que sí lo comercializan. Es un mercado “buena onda”, en que la amplitud de la demanda y la diversidad de la oferta genera un ambiente cooperativo. También contribuye a eso el que prácticamente no existan casos de integración vertical u horizontal del negocio entre los individuos con quienes conversamos. Una excepción a este fenómeno lo encontramos en un caso en que un narcozorrón nos habló de cómo había diversificado sus puntos de venta, integrando como vendedores de su producto a un conjunto de guardias privados que trabajaban en una universidad de la cota 1000. Más allá de este caso, se trata de un mercado más bien horizontal, carente de pujas territoriales y ambición por crecer mediante el uso de la violencia en el negocio.



Siempre hay grupos de Whatsapp de amigos, que se conocen entre personas y ahí se va llegando”. (NZ6, 2022)

Tenía un grupo de “Whatsapp pero eran puros cuicos, hueones de la XXX y de la ZZZ [universidades de la cota mil] y bueno, yo al principio creía que esto era como la mafia máxima. Porque no cachaba nada, era lo que conocía. Por ahí compraba y vendía, era algo medio comunidad San Carlos de Apoquindo. Vivía ahí. Entonces como que esa era la onda”. (NZ3, 2022)

“ [Empecé con] compañeros de universidad y de otras universidades. Se propagó muy rápido porque me hablaba gente que no era del grupo de Whatsapp, amigos de amigos” (NZ5, 2022)

En el tema de la venta, el que tus amigos estén involucrados hace todo mucho más fácil, porque si no te mueves en ese círculo la venta es mucho más lenta. Yo dejé de vender porque mis amigos no estaban metidos y no era rentable, así que preferí vender otro tipo de producto. Actualmente vendo cigarros. (NZ6, 2022)


ALGUNAS IMPLICANCIAS

Los narcozorrones no son un fenómeno nuevo ni particular al contexto chileno. Las dinámicas expuestas en esta nota deberían ser relativamente familiares para todos quienes consumen droga en Chile en los sectores ABC1. Lo relevante es que nunca pensamos en dichas dinámicas y sus protagonistas, cuando opinamos y discurrimos, livianamente en muchos casos, sobre el “narco” o el crimen organizado en Chile. Ese sesgo nos hace vincular directamente al narco o al crimen organizado con la violencia y especialmente, con la violencia homicida que tanto nos preocupa en la actualidad.

El caso de los narcozorrones hace visible dos implicancias importantes: primero, no todo el narcotráfico es crimen organizado (especialmente si pensamos en crimen organizado como un fenómeno que va más allá de la mera operación de un mercado ilegal, sino como un fenómeno asociado a organizaciones relativamente complejas, que buscan ejercer el control territorial y para ello recurren a la violencia y buscan establecer vínculos de colusión con agentes estatales y actores políticos); segundo, el narcotráfico que genera más renta a nivel minorista (porque los precios y márgenes son mayores en el tráfico ABC1) no genera violencia (esto aplica también a actividades fundamentales y sumamente lucrativas del negocio, como el lavado de dinero), volviéndose invisible en términos sociales y para el debate político.

Esto último no implica que sea una actividad socialmente inocua: por ejemplo, los riesgos de salud pública que genera el nivel de experimentación que supone la creciente diversificación de los productos que circulan en este mercado son potencialmente altos y están en aumento.

Sabemos también que el poder coercitivo del Estado es una sábana corta; cortísima, en rigor, en casos en que la institucionalidad comienza a ser desbordada por la irrupción y expansión de diversos mercados criminales. En términos estrictos, si el foco de la coerción estatal es el de contener la violencia, la laxitud que observamos indirectamente a través del sentimiento de impunidad y bajo riesgo que experimentas los narco-zorrones es perfectamente razonable en términos sociales.

Dicho de otro modo, si lo que importa primordialmente a la sociedad es reducir la violencia, como propone Benjamin Lessing (ver entrevista en TerceraDosis), el Estado no debiese gastar energía coercitiva aquí. No obstante, dicha “razonabilidad” termina reproduciendo violencias estructurales largamente asentadas en el caso de Chile. Parte de esas desigualdades se expresan claramente al momento de apreciar quiénes terminan enfrentando la justicia y la cárcel y quién, dedicándose a la misma actividad y habiendo sido detenido in fraganti con gramajes significativos en la mochila, termina saliendo de la Comisaría de la mano de su mamá. Imagine por un minuto la suerte que habría corrido una mujer Mapuche o un inmigrante que hubiese sido detenido con varios “g” en su mochila, distribuidos en pockets para el minoreo.

Esto no implica, por lo demás, que, en el trance de ser detenidos y fiscalizados, los narcozorrones no experimenten el abuso policial. Como refleja uno de los testimonios que recogimos en base a nuestra serie de conversaciones y que reprodujimos arriba, el abuso en ese caso consta no solo de experimentar el maltrato, sino también la pérdida (vía procedimientos irregulares) del dinero y la mercadería que portaban al momento de ser detenidos.

Finalmente, a pesar de todas las diferencias que observamos entre los narcozorrones y quienes se dedican al microtráfico en otros contextos sociales, también es posible encontrar dos regularidades que son transversales en términos socioeconómicos. Por un lado, la ilegalidad y el narcotráfico en particular son vistos como un emprendimiento capaz de satisfacer rápidamente aspiraciones de consumo y estatus social que el mercado legal y los vehículos de movilidad ascendente tradicionales (como la búsqueda del logro educativo) han dejado de proveer de modo efectivo en nuestra sociedad.

Por otro lado, más allá del contexto favorable en que fueron criados, los relatos de los narcozorrones con quienes conversamos hacen referencia a una carencia y una aspiración, ambas recurrentes. La carencia refiere a familias y progenitores exitosos en lo económico, pero patentemente ausentes respecto a su relación filial. La aspiración hace referencia a la ansiedad por lograr “mantener el nivel” (económico) de sus padres y grupo de pares. En suma, más allá de lo que nos permiten entender sobre el fenómeno del microtráfico en sectores ABC1, el caso de los narcozorrones también debiera interpelarnos (como evidentemente lo hizo la entrevista que publicamos en esta serie a DJ Lizz) respecto a las características y mecanismos de reproducción del tipo de sociedad en que vivimos.

Lee la columna en TerceraDosis.