A través de las vivencias y discusiones de los Sánchez, antiguos vecinos del Barrio Yungay, esta columna ofrece un vistazo a la forma cómo las familias “viven, sueñan y planean su vida en un contexto de incremento de delitos y del miedo”, en una zona donde muchos sienten que han sido abandonados por el Estado, aunque ahí viva el presidente.

 

El centro de Santiago ha sufrido un incremento importante de los delitos en los últimos años. En cierto sentido, se ha vuelto símbolo de la llamada “crisis de inseguridad” que vive el país. Aunque en el debate político se ha instalado la idea de que esa crisis es reciente, esta columna argumentará que se viene incubando desde hace más de una década,  y que para entender los desafíos que ella impone y ofrecer soluciones efectivas, la política pública debiese considerar factores que no suele tener presentes. Uno de ellos es la importante transformación urbana que ha tenido la comuna de Santiago y que han afectado las relaciones familiares y los espacios residenciales. Por ejemplo, la desaparición de casas familiares y cités que había en el Centro, y su reemplazo por torres generadas por la inversión inmobiliaria, ha implicado un recambio de la composición de los habitantes y la instalación de una tensión binaria entre un “nosotros” (los residentes antiguos) y los que llegan, quienes se configuran como un “otro” al que se teme.

Otro factor ausente en los debates es cómo el miedo al delito penetra en la intimidad de la vida familiar y afecta tanto las relaciones intergeneracionales como la capacidad de las familias de proyectarse en el futuro. En ese sentido, el miedo a la delincuencia no es algo que las personas enfrenten sólo “puertas afuera” cambiando sus horarios o dejando de visitar ciertos lugares; atraviesa las relaciones íntimas de la familia y los vínculos que establecen con sus vecinos y los amigos. La llamada crisis de seguridad se puede entender, entonces, como una crisis social donde las personas se preguntan por el orden social en el que viven, por el futuro y sus posibilidades dentro de este escenario.

Durante los últimos dos años hemos llevado adelante una investigación etnográfica en el Barrio Yungay para conocer, entre otros aspectos, cómo las familias viven, sueñan y planean su vida en un contexto de incremento de delitos y del miedo. La investigación nos ha permitido entender cómo las familias conversan sobre las amenazas y toman sus decisiones. Varios de nuestros hallazgos se condensan en la historia de la familia Sánchez, que presentamos en este artículo.


“El diagnóstico que los Sánchez hacen sobre su barrio – “nadie está comprometido con nada”- es un diagnóstico que se extiende sobre la sociedad entera.”


Antes de entrar en su mundo, es necesario fijar un contexto: El Barrio Yungay es un buen caso para analizar las dinámicas familiares frente al crimen porque es el sector de la comuna de Santiago con mayor cantidad de homicidios[1] (Gómez et al., 2022) y hay evidencia de la presencia de grupos de crimen organizado[2]. Además, se trata de una zona patrimonial, con atractivos culturales, en la que decidió vivir el presidente Gabriel Boric desde comienzos de su mandato (Crónica Digital, 2022; Cooperativa, 2022). La llegada presidencial despertó expectativas entre los vecinos, pues simbolizaba un reconocimiento de las bondades culturales del barrio y, desde una perspectiva más pragmática, porque tenían la una esperanza de que mejorara la seguridad y la presencia policial y estatal. Sobre la llegada del presidente, Ramón y Nora -el matrimonio de adultos mayores que nuclea a la familia Sánchez- nos dijeron en nuestras primeras entrevistas:


Ilustración: Leo Camus

Ramón: “Confío que el presidente puede hacer algo, aunque no crean los demás… Yo confío porque, a Dios gracias, es un presidente diferente al que hemos tenido toda la vida.”

Nora: “Yo también apoyo harto a Boric… el presidente como te digo está recién empezando…hay que darle un tiempo, pero que ojalá haga algo, porque eso que tiene malo a este barrio, tiene malo a todo Chile.”

El Barrio Yungay tiene una composición socioeconómica y étnica diversa.  En nuestro estudio identificamos tres grandes grupos: primero, las familias -como los Sánchez- que llegaron hace décadas y que han visto partir a parientes y vecinos de la infancia y llegar nuevos habitantes, entre los que destacan los inmigrantes pobres. Para este grupo, el que antes era un barrio donde los rostros eran conocidos y las personas se organizaban, por ejemplo, en clubes deportivos, se ha vuelto un lugar cada vez más ajeno. En las palabras de varios, se sienten abandonados por el Estado y principalmente por la policía. Muchas familias debaten entre irse o quedarse pues temen por la seguridad. Pero tampoco tienen certeza de que su bienestar y posibilidades de movilidad social avanzarían mejor en otro barrio.

Un segundo grupo lo constituyen vecinos de mayor capital social y económico que llegaron en los últimos años al sector y que han comprado casas patrimoniales para hacer negocios boutique, aprovechando el atractivo turístico.

Por último, están los arrendatarios: un conjunto diverso donde destacan jóvenes profesionales y una gran cantidad de migrantes pertenecientes a la última ola que llegó a Chile y que proviene principalmente de Colombia y Venezuela[3]. Tanto por los precios de los arriendos, como por los requisitos que les impone el mercado, la población migrante aprovecha la posibilidad de subarrendar piezas en algunas casonas de Yungay.

Parte del encanto del barrio radica en la heterogeneidad que le dan estas distintas poblaciones. Sin embargo, también observamos que, a pesar de que las y los vecinos pueden compartir la calle, viven realidades muy distintas y se genera una microsegregación, marcada por la desconfianza.


“Para los Sánchez su casa es un símbolo ambivalente pues es a la vez refugio y protección, pero también los ancla a un barrio que sienten peligroso y donde están “rodeados” de desconocidos.”


Un tema transversal y recurrente entre los habitantes es la preocupación por el hogar y las casas. Las y los arrendatarios y propietarios parecen estar permanentemente evaluando el costo de su vivienda en relación con la percepción de seguridad que tienen y la especulación inmobiliaria. Dicho de otra forma: las casas son el índice material que usan los vecinos para comprender el presente y proyectar el futuro, es decir, para analizar la realidad y su posición dentro de ella. Cuando consultamos sobre el barrio los vecinos suelen responder con referencia a las casas (por ejemplo, si estando dentro de su casa han  oído peleas en la calle o si han visto cosas por la ventana); y cuando reflexionan sobre el país y su visión sobre el futuro, muchas veces la expresan con referencia a los desarrollos y retrocesos del ambiente urbano (por ejemplo, se refieren a la infraestructura de la calle, la limpieza y presencia de basura, al estado de las luces, al deterioro de las casas, sitios desocupados, entre otras cosas).

En ese sentido, la inseguridad que provoca el crimen está íntimamente entrelazada con la gestión del hogar y la vivienda como base de la vida familiar. Una mirada desde las casas permite, entonces, ver con claridad cómo la inseguridad que genera el delito y la inseguridad socioeconómica están íntimamente entrelazadas.

Para las familias propietarias, el rol de la casa en sus vidas es más fuerte aún. Es su pasado y su futuro: la consideran la base de la movilidad social actual y un valor heredable que proyecta la familia hacia adelante. Por lo mismo, leer el barrio y el estado de las casas, calles y plazas cercanas se torna una actividad clave.

En el Barrio Yungay las casas están en el centro de un complejo proceso de degradación urbana, que ha descrito la concejala de Santiago, Rosario Carvajal: “Conocemos el ciclo: el Estado abandona el barrio, se lo toman las bandas, los vecinos desesperados venden, las inmobiliarias adquieren los inmuebles a precios muy convenientes. El mejor ejemplo de cómo se conjuga la especulación inmobiliaria y el crimen organizado” (Carvajal, citado en Avendaño, 2024).

En nuestro trabajo de campo pudimos constatar cómo operan los factores señalados por la autoridad comunal. Pero también observamos que las transformaciones urbanas y la consecuente inseguridad son fenómenos aún más complejos. Es interesante notar, por ejemplo, que al ser zona patrimonial existe un límite para las construcciones en altura. Esto hace que el barrio no sea atractivo para proyectos inmobiliarios de gran envergadura. El aspecto positivo es que gracias a esa protección las casonas no pueden derribadas y en ellas se instalan los cafés y las actividades culturales que permiten al Yungay ser mencionado en revistas internacionales como un barrio “cool” (Parro, 2022). Sin embargo, en una ciudad tan segregada como Santiago esta protección da pie también a desafíos relativos a la seguridad y la sostenibilidad barrial. Una de las razones es que al sacar las casas grandes y patrimoniales de la mira de las inmobiliarias, la posibilidad de conseguir compradores disminuye. A esto se suma que esas casas no son económicamente accesibles para la mayoría de la población, mientras que las familias que sí cuentan con los medios de comprar y refaccionarlas pueden perder interés cuando aumenta la inseguridad.  Este proceso genera, entonces, una situación paradójica en la cual algunas bellas, grandes y caras casas que no logran ser vendidas, quedan desocupadas y, hasta cierto punto, sujetas a la posibilidad de ser tomadas por bandas criminales. En la mayoría de los casos, sin embargo, los dueños optan por subarrendarlas.

En las zonas del Barrio Yungay que están fuera de la zona patrimonial y cultural, los problemas son aún más complejos ya que el sector no atrae a inversionistas “culturales” y turistas y los vecinos son acechados tanto por las empresas inmobiliarias como por las bandas que se aprovechan de la presencia de casas desocupadas. A veces, las ocupaciones de bandas criminales comienzan con una situación de arriendo donde él o la arrendataria pierde el control de los subarrendatarios que le dejan de pagar e “invitan” a más personas. A veces los dueños denuncian a los arrendatarios convertidos en ocupantes ilegales y carabineros los desaloja. Sin embargo, si los dueños no vuelven a habitar la casa prontamente, esta es ocupada de nuevo y el ciclo de deterioro continúa. Los vecinos del sector se sienten abandonados por el Estado. Una de nuestras entrevistadas nos decía, “nosotros vivimos en la parte olvidada del Barrio Yungay”.

LA FAMILIA SÁNCHEZ

Conocimos a la familia Sánchez durante el primer año de nuestra investigación a través de Julia (35), una de las hijas que trabaja como voluntaria en una fundación local. La familia llegó al Yungay a inicios de los 80s, hace unos 45 años cuando su abuela compró una casa en el sector norte del barrio con la ayuda de la empresa en la que trabajaba. La familia ha crecido ahí desde entonces. La abuela de Julia sigue viviendo en la casa. También los padres de Julia,  un hermano y el hijo de ella. Es decir cuatro generaciones se sientan a la mesa.

Los Sánchez han visto la degradación del barrio y la sienten en carne propia. Uno de los signos de esa degradación es que todos los vecinos que Julia tenía en su infancia se fueron. Sus familias eran en su mayoría trabajadores de la misma empresa que la abuela de Julia. Y uno tras otro fueron vendiendo o destinaron las casas a arriendo. Entre los motivos que menciona Julia está “la crisis de inmigrantes” y “la delincuencia, la drogadicción, el narcotráfico que existe”.

Julia recuerda que el barrio comenzó a cambiar hace 20 años cuando ella era una quinceañera. Explica que la gentrificación hizo que aumentara la población y eso llevó a un boom de negocios de comida rápida y luego a la multiplicación de restoranes y pubs. “La mayoría de los pub y restaurantes turísticos son casas de la gente que vivía aquí… hay muchos clandestinos también”.

Respecto de la droga, Julia cuenta que muchas familias se fueron o porque sus hijos cayeron en la droga o por el miedo a ser víctimas del crimen. “Empezó a ser peligroso, a haber rencillas entre traficantes. Empezaron las peleas. Nunca hubo una muerte, pero sí balazos y amenazas… sobre todo a mis amigos”, dice Julia.

Así, lentamente el barrio cambió. Se instalaron emprendimientos de consumo y entretenimiento, y en paralelo se consolidó el narcotráfico.

Hoy Julia considera que ella y su familia viven en la zona que las autoridades abandonaron “porque es fea, porque la mayoría de las casas están tomadas por traficantes”. Cuenta que los dueños no tienen cómo recuperarlas: “tienen miedo, los ocupantes los amedrentan y cuando los sacan con Carabineros, vuelven de nuevo”.


Ilustración: Leo Camus

El sentimiento de estar en una zona abandonada abrió un debate al interior del hogar: irse o resistir. Ramón, el padre de Julia, piensa que dejar la casa implica sacrificar años de esfuerzo invertidos en transformarla en un lugar acogedor y cómodo. Nora, la madre, se quiere ir, pues teme en especial por su hija y su nieto. En su argumento recurre a la partida de sus vecinos, con los que compartía una vida común. Le parece que si su grupo de referencia ya no está ahí, ese barrio tampoco es para ellos.

“Mi hija va todos los días a dejar a su hijo al colegio, porque uno no sabe qué puede pasar de la casa al colegio. Porque estamos rodeados… a cualquier hora… pueden ser las cinco de la mañana, a las tres de la tarde, a las doce del día, acá, cuando hay balazos, hay balazos.”

La preocupación tiene antecedentes reales: a Julia le tocó una balacera mientras iba camino a buscar a su hijo al colegio. Los balazos no tienen horarios ni ocurren en lugares específicos. Si se vive ahí, no hay cómo tomar precauciones.  Ramón, sin embargo, insiste en quedarse.

“Yo he tenido discusiones con mis hijos… me dicen «vámonos papá, que está malo esto…» y yo digo, “no po’, aquí está el esfuerzo de tu abuela, el esfuerzo mío, de tu mamá … y por unos estúpidos nos vamos a ir, no po’, no. Si querí’ te vai’, nosotros no vamos a vender…. Años construyendo esto… Antes era hasta aquí y pa’ allá no existía. Trabajé pa’ que vivan mis hijos, para que tuvieran un lugar donde comer, estudiar, con ella (Nora) aportando y mi suegra también. Los cuatro fueron a la universidad… pavimenté aquí, después allá, ya después cuando jubile anticipado porque soy sordo, les dije, ya, «chiquillos si ustedes quieren arreglar algo ahí, háganlo. Yo me voy a preocupar del patio», el patio antes era un parrón. Todas esas flores que ve, yo las he plantado, junto con mi señora. Cerré el patio también ahí… Hemos cortado el olivo que se nos puede caer… o sea, es un esfuerzo muy grande acá. ¿Y por unos estúpidos dejar esto? En mi vida he tenido un dormitorio como debe ser, no tengo lujos… no tengo lujos. Aquí mi hija puede trabajar, el más chico igual. […] Nunca habíamos estado tan así, que nadie está comprometido con nada.”

Nora entiende ese argumento pues es también su esfuerzo el que está en esa casa. Pero siente que lo que enfrentan, supera la capacidad de la familia. Se requeriría una comunidad activa, que no existe:

“Ramón dice ‘salgan pa’ pelear unos con otros’. Pero es que las personas que vivíamos desde antes aquí somos pocos. Aquí estamos rodeados de extranjeros, entonces no puedo andar diciendo: «oye, ayúdenme a hacer esto pa’ sacar a esta delincuencia de acá… no la podemos hacer porque estamos rodeados de puros extranjeros.”

Para que no se malentienda a Nora, aclaremos: su problema no es la nacionalidad de sus vecinos sino el hecho de que no los conoce. Eso hace difícil organizarse, apoyarse y comprender qué es lo que está pasando. Julia expresa algo similar. Cuando ocurren homicidios, los vecinos salen y comentan, pero “después no hacen nada, lo tienen súper normalizado, súper interiorizado”.

El debate de los Sánchez refleja las diferentes formas en que ellos se preocupan por sus hijos y su nieto. Las opciones de quedarse o partir reflejan dos tipos de incertidumbre: la económica y la inseguridad que produce el crimen. En ese sentido la casa es un símbolo ambivalente pues es a la vez refugio y protección, pero también los ancla a un barrio que sienten peligroso y donde están “rodeados” de desconocidos. Frente a la preocupación por el bienestar físico, Ramón considera que el bienestar familiar depende de estar en un lugar donde “puedan trabajar” y en una casa cómoda, lo que con el tiempo se va volviendo más difícil en sectores céntricos de la capital. La debilidad del plan de irse es, por otra parte, que nada les asegura que vayan a encontrar un barrio mejor, esto es, con los mismos beneficios que tiene el Centro de Santiago, pero sin los problemas de seguridad. Nora pensaba en partir a lugares donde algunos exvecinos suyos se han ido, como Cerrillos o Maipú, pero no tiene claro que sean mejores barrios. Esto se debe en parte a que el diagnóstico que hacen sobre su barrio – “nadie está comprometido con nada”- es un diagnóstico que se extiende sobre la sociedad entera.

VIVIENDO ENTRE DESCONOCIDOS

El relato de los Sánchez muestra cómo la preocupación por la casa es a la vez una consideración económica, una esperanza de movilidad social y también un factor que afecta la seguridad. En este sentido la casa y el hogar aparecen como un lugar privilegiado para analizar las dimensiones de la crisis de inseguridad, pues es a través de la casa y su historia que las personas comprenden su presente, en relación con los otros y proyectan el futuro.

Para los Sánchez el dilema de qué cosa privilegiar da cuenta de que la pregunta por la casa en contextos de alta inseguridad es una cuestión complicada para la que no hay una respuesta satisfactoria.

El dilema de la familia Sánchez, que es extrapolable a lo que viven otros vecinos de Yungay y de Santiago, da cuenta de cómo se conectan las transformaciones urbanas y la generación de inseguridad. En la incertidumbre de los Sánchez se cruzan la especulación inmobiliaria con los cambios materiales y sociales que involucra la degradación del barrio y la llegada de nuevos vecinos que no alcanzan a integrarse completamente. Parte de los problemas que esta familia evidencia es la dificultad de generar asociatividad entre los vecinos y combatir el crimen de una manera más colectiva.

Al analizar cómo se vive la inseguridad en relación con otros tipos de incertidumbre, la historia de los Sánchez nos sugiere que la respuesta a la inseguridad es un problema más complejo de lo que recoge habitualmente el debate público. Como muestran otras columnas de esta serie “Democracias Violentas”, tales como las de Alejandra Luneke y Ángel Aedo, las respuestas típicas que suelen invocar las autoridades son la mayor presencia policial y más encarcelamiento. El caso del Barrio Yungay nos muestra que estas respuestas ignoran las causas profundas de la inseguridad, como las transformaciones del barrio, la ocupación de casas deshabitadas por grupos criminales, la microsegregación y la especulación inmobiliaria. El problema no es solamente que no hay control policial, sino en palabras de nuestros interlocutores que “nadie está comprometido con nada”. Con esto se quiere decir, que no hay confianza con los otros vecinos y que muchas veces estos son desconocidos y no se sabe quiénes están involucrados en dinámicas criminales y quiénes no. En un sentido este diagnóstico puede sorprender considerando que el barrio efectivamente cuenta con organizaciones sociales y civiles muy activas y comprometidas. Sin embargo, como algunos vecinos nos comentaron, es un desafío integrar la diversidad vecinal y particularmente a vecinos migrantes. Así las organizaciones y los esfuerzos por integrar y conocer a los nuevos residentes en ocasiones se ven limitados por la microsegregación presente en el barrio, donde las situaciones que viven los habitantes del lugar cambian drásticamente de calle en calle y de casa en casa. Surgen preguntas importantes, por ejemplo, cómo apoyar a las familias que se encuentran en esta situación. La presión punitiva tiene pocas respuestas que ofrecer a este problema. Una mirada más profunda sobre las desigualdades en Chile, la transformación de los barrios y las relaciones íntimas y familiares tiene, en cambio, perspectivas novedosas que ofrecernos sobre cómo efectivamente se habita y gestiona la inseguridad para la clase media de este país.